Asco

Opinion

leonilojulio2017Tienen el cuajo de negarlo. Quizá no puedan hacer otra cosa. O quizás no. Quienes, con gran fervor asisten a las celebraciones católicas, saben que uno de los mandamientos es: no mentir. También saben, porque su utilidad tiene, que basta con acercarse al confesonario para purgar los pecados con una leve penitencia. Tal vez de ahí la arrogancia. Mientras nos van desgranando la información, todo presunto claro, nos sentimos más perplejos. Que hayan llegado, según nos cuentan, a utilizar a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado –así les gusta referirse a ellas– para resolver esos asuntillos tan poco honorables, no debe asombrarnos en demasía. Solo basta con volver la vista atrás –sin temor a volvernos estatua de sal–, comprender que nada nuevo brilla bajo el sol. Siempre supieron patrimonializar lo público, a lo mejor por ello lo denostan, para desviar las miradas.

Con el paso de los días, la actualidad manda, una nebulosa oculta de la primicia informativa toda la investigación en torno a la tristemente famosa policía patriótica. Tampoco es que se hubiesen comido mucho los sesos, el nombre resulta de lo más clarificador. La patria, su exaltación, no busca otro objetivo que no sea ocultar todas aquellas acciones más deleznables. Ahora tienen el mejor caldo de cultivo para propalar rumores que desvíen las miradas. Tampoco nos están aportando novedad alguna, siempre fue así: se genera, bien directamente o por medio de persona interpuesta, un rumor que desvíe las miradas de lo fundamental. Que poco se habla de los actos perpetrados por un grupo de funcionarios del Estado, pagados con el dinero de los impuestos, para urdir una trama que facilitase la pérdida de pruebas de las corruptelas populares.

Que se empecinen, como ya hicieran anteriormente con otros apelativos «cariñosos», en llamar cobarde a Pedro Sánchez como el coro de Fuenteovejuna, no es ningún hito novedoso. Siempre suele ser su comportamiento. Utilizan el insulto, el discurso bronco, para aparentar un falso rigor en el tratamiento de los asuntos. Dicho de otro modo: hacer que hacen. Así le vale cualquier situación, por pueril que resulte, para obtener sus objetivos de desviar atenciones. Son los campeones, también hay alguna campeona, de la hipocresía. Surcan por tales mares sin ningún reparo, ya sea con marejada a fuerte marejada como con marejadilla. Esas aguas les son conocidas, y ni siquiera precisan de cartas ni de instrumentos de navegación. La estrella polar de lo mendaz les guía.

Por eso, cuando les escuchas ir sembrando lecciones de moral por doquier, dando apariencia de rigor en aquellas tareas donde no buscan nada más que el propio beneficio, se nos llega a revolver el estómago del asco que da ese tipo de comportamientos, tan habituales que ni les causan sonrojo alguno.


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