Viajes y guías de viajes: Clavijo y Fajardo, Galdós

Opinion

nicolasguerra2018buenaLos viajes turísticos, tal como están concebidos hoy, nada tienen que ver con los realizados por nuestros paisanos José Clavijo y Fajardo (Villa de Teguise, 1726) y Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843). Ambos caminaron “por esta vieja Europa tan interesante y tan bella” y de ella conocieron no solo lo que está a la vista sino, y sobre todo, la interioridad de su pensamiento. Por suerte dejaron textos relacionados con descubrimientos e impresiones.

Clavijo y Fajardo escribe “pensamientos” en El Pensador (“Utilidad de los viajes”, por ejemplo). Vienen a ser “Una sátira lícita y laudable de las costumbres españolas del siglo XVIII vistas a través de la enorme lente de su sensibilidad” (Agustín Espinosa). Como figura representativa de la Ilustración, Clavijo lucha denonadamente por el aprendizaje, la instrucción, pues “la incultura es la causa de todos los males”. Por tal razón necesita saber qué hacen otros países ante temas de trascendencia nacional. Pero no solo se interesa a través de lecturas: es fundamental el contacto directo con los pueblos (“Sólo conocemos a los extranjeros por los libros”).

José Clavijo y Fajardo (Villa de Teguise, 1726) y Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843). Ambos caminaron “por esta vieja Europa tan interesante y tan bella”

Por tanto, como ilustrado y pedagogo defiende la necesidad de los viajes pues el trato con las naciones le permitirá “al hombre que viaja” conocer legislaciones (“naturaleza y espíritu de las leyes” explican decadencias o éxitos), artes y ciencias, formas de gobierno… Así puede seleccionar lo más interesante, compararlo con lo impuesto en su país y desterrar lo dañino: “Los viajes dilatan con precisión las facultades del alma”…

Pero no solo se interesa a través de lecturas: es fundamental el contacto directo con los pueblos (“Sólo conocemos a los extranjeros por los libros”).

Galdós lo hace de forma menos ordenada, más ligera, como crónica de viaje (sus observaciones sobre arte, escritores, comportamientos y mentalidades son inteligentes, rigurosas, y muestran extraordinaria cultura). No obstante el estilo algo descuidado, a veces es un placer su lectura, y traslada al anteayer…

Así, desde finales de los cincuenta (siglo XX) no resultaba extraño ver en Gáldar, junto a la escalinata de la iglesia, algún microbús cargado de chonis rigurosamente ingleses. Se trataba de la agencia de viajes Wagon Lits Cook cuyo edificio de la calle León y Castillo (obra del arquitecto José Sánchez Murcia) forma parte desde 2017 de una ruta turística arquitectónica editada por el Ayuntamiento capitalino.

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Tan insignes viajeros llegaban con mapas de la isla y, anotadas a mano sobre la costa norteña, cuatro palabras: La Guancha, iglesia, drago. Una vez, a instancias del conductor (canario), acompañé a tres súbditos a la Cueva Pintada: algo habían leído sobre ella, estoy seguro. Caminamos entre plataneras (larga parada para fotos; asombro, perplejidades), sobre acequias… Al final del trayecto bajamos la escalinata que daba entrada al derroche policromado de sus paredes dominadas por geométricas figuras rojas, negras y suaves blancos… Pero eso sí: colores muchísimo más intensos que los actuales (¡y menos mal que escaparon!).

Así, desde finales de los cincuenta (siglo XX) no resultaba extraño ver en Gáldar, junto a la escalinata de la iglesia, algún microbús cargado de chonis rigurosamente ingleses. Se trataba de la agencia de viajes Wagon Lits Cook

Les interesó la Cueva, bien es cierto. Yo la conocía desde los ocho o nueve años, pues estaba a tres pasos de mi casa y la visitaba con frecuencia como escapismo histórico y placentera visión. El monástico silencio interior solo era interrumpido por la monótona gota de agua que caía siempre sobre los mismos agujeros horadados al paso del tiempo…

Hoy acabo de leer el apellido Cook en un libro, conjunto de crónicas viajeras escritas por Galdós. Vienen a ser reproducciones de anteriores ediciones (1895, 1906 y 1928) actualizadas ortográficamente, corregidas las erratas “especialmente numerosas en los nombres propios”.

Visitó y descubrió decenas de ciudades (Londres, Zúrich, Roma, Núremberg, Ámsterdam, Copenhague, Edimburgo…) y siempre llevaba en su bolsillo las guías de Baedeker,

Galdós hizo senderos por razones culturales, amatorias, periodísticas y vitales para el conocimiento. Pongo un ejemplo: durante su estancia en París (solo tenía veintitrés años cuando llegó) tuvo la suerte de conocer la obra de Balzac. Fue tal el impacto producido por el insigne maestro de la novela realista que nuestro paisano abandonó momentáneamente el teatro y comenzó su periplo narrativo con La Fontana de Oro (1870).

Visitó y descubrió decenas de ciudades (Londres, Zúrich, Roma, Núremberg, Ámsterdam, Copenhague, Edimburgo…) y siempre llevaba en su bolsillo las guías de Baedeker, “libros inapreciables, modelos de imparcialidad, método y rectitud” visibles en la mayoría de los viajeros con que tropieza. La razón de su éxito es pura esencia alemana: dejan de lado adjetivaciones, admiraciones e impresiones personales para centrarse “en lugares y obras de arte que realmente merecen visita”. Las guías no descubren ni anticipan: simplemente guían.

Pero a la vez lamenta Pérez Galdós los grandes inconvenientes de lo que llama “viajes en caravana”, es decir, nuestros viajes organizados de hoy.

También reconoce Galdós la facilidad de míster Cook -empresario establecido en Londres- para organizar excusiones a los “más remotos países” a través de los llamados billetes circulares: el viajero ahorra un elevado tanto por ciento sobre precios establecidos. Lo cual, por tanto, explicaría la presencia de chonis y micros de Wagon Lits Cooken Gáldar: todo llegaba organizado desde Londres.

Sin embargo, tengo la impresión de que nuestros viajes de hoy no van por tales ilustrados senderos: lo importante es el mayor número posible de fotos, decenas de autofotos para enviar sobre la marcha a familiares y amigos.

Pero a la vez lamenta Pérez Galdós los grandes inconvenientes de lo que llama “viajes en caravana”, es decir, nuestros viajes organizados de hoy. Todo está rigurosamente enlazado: el rebaño se desplaza a toque de pito o alzada manual de bandera; fuerzan, además, a impertinentes fraternidades con personajes ridículamente chistosos, grotescamente parlanchines o aburridamente monótonos cuando manifiestan su yo, maldito el interés por sus gustos, opiniones o reacciones ante el camarero o el portero del museo. Para Galdós “Los expedicionarios que van en ellas se ven obligados a comer, a dormir, a divertirse con arreglo a un plan invariable […] siempre traídos y llevados de prisa y corriendo”.

Galdós mira también hacia los pueblos y escribe, por ejemplo, sobre el mayor orgullo de los italianos que conoció cuando viajaba por Roma, Nápoles, Venecia, Florencia, Pompeya…: haber logrado la unidad de las tierras (segunda mitad del siglo XIX), ser nación tras siglos de pequeños estados.

Sin embargo, tengo la impresión de que nuestros viajes de hoy no van por tales ilustrados senderos: lo importante es el mayor número posible de fotos, decenas de autofotos para enviar sobre la marcha a familiares y amigos. Fotos donde se lee “Academia de…”, “Museo de…” sobre las cabezas de quienes posan con teatralizadas naturalidades: pura exterioridad. Lo único importante es demostrar que estuvimos allí… para la foto, claro.


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