En el centro turístico de la ciudad fuimos conscientes de que en todos los lugares hay vida. Sé que lo que digo es una obviedad, pero hasta que no llegamos a descubrir los nuevos lugares ni siquiera imaginábamos que la vida transcurre por igual en todas partes. Aquel sábado de mayo tuvimos suerte: hizo buen tiempo y en una de las terrazas de la plaza, donde lugareños y foráneos se mezclaban en un ir y venir sin fin, pudimos palpar ligeramente la vida de la pequeña y coqueta ciudad. Ciudad de provincias, como se decía en la literatura de posguerra. El camarero que nos atendió desplegó familiaridad “y a ver si no se mete el frío”. Pero no, aquella mañana fue apacible, soleada y lenta, como siempre. Y descubrimos la vida en las pequeñas cosas.






























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