“La tarde se presentó en todo su esplendor: parecía un cuadro. Siempre he pensado que la pintura es más sugerente, más atractiva. Sin embargo, aquella imagen olvidada en mi ordenador, regresó un día para hacerme ver que la tarde tiene el tono de la esperanza y la amargura ribeteada de azul. Y el sol vespertino, como queriendo quedarse, proyectaba sus cada vez más débiles rayos como las caricias nunca recibidas. Cuando perdimos el respeto, la ira se adueñó de las palabras. Nos dijimos lo peor aquella tarde que aventuraba, en principio, paz y tranquilidad. No puedo verla: la voy a mandar a la papelera de reciclaje, por si después me arrepiento. Lo que esconde una imagen agradable; lo que esconde, sí”.






























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