El pasado sábado 24 de noviembre se realizó un reconocimiento a la historia del transporte local, y sus agentes principales, en La Aldea de San Nicolás. Por ello es que hoy les acercamos el siguiente artículo.
El coche de hora para La Aldea era una necesidad y desde ese mismo momento se convirtió en toda una aventura. Esa mañana de domingo salió el primer Daimler del 43 de cinco cilindros desde Las Palmas con rumbo Norte. En esa primera expedición de reconocimiento no iban más viajeros que el chófer, Manuel Moreno Hernández, más conocido como Manolito el Kaiser; el cobrador, Justo Bolaños; directivos y empleados de la compañía Aicasa, la empresa de transporte regular en aquellos tiempos; varios militares y el inspector, fundamental para medir la tarifa (en 18 pesetas se pondría el billete).
Contra todo pronóstico, las condiciones de la pista no impidieron el éxito de esa primera expedidión. “Desde que asomó el coche por El Risco ya estaban tirando voladores”, recuerda Justo Bolaños, y hasta en el Ayuntamiento de La Aldea les esperaban con un banquete de bienvenida. Eran ya las dos de la tarde, los aldeanos y los empleados de aquella línea histórica lo recuerdan muy bien.
Desde aquel mismo momento por fin el pueblo quedó comunicado con la incipiente urbe, al menos una vez al día, y Manolito, el conductor, salía a las dos de la tarde para llegar a su destino cuatro horas después y hacer noche en la fonda.
En realidad había que ser un experto conductor para dominar aquellos cacharros, coches si se prefiere, traídos de segunda mano de Inglaterra, por los interminables tramos sinuosos hasta La Aldea, haciendo uso en todo momento de un sistema de frenos y zapatas de hierro que, al contrario que ahora, había que calentar convenientemente para que fueran efectivos.
Hace ya casi 50 que los Daimler llegaron por primera vez a aquellas tierras como si del lejano Oeste se tratara y siempre nos quiere parecer que nuestro mundo de comodidades ha viajado con nosotros toda la vida.
Iban cargados de viajeros y mercancía, mucha mercancía de encargo. No solo los paquetes domésticos, como ropa, medicinas o el correo con los que sacaban de propina suculentos beneficios. “Unos me daban un duro, otros tres pesetas y otros diez”, recuerda Manolito, con lo que, en ocasiones, obtenían más que el salario que percibían, cifrado entonces en veinte pesetas diarias. Pero quizás lo que menos abultaba eran las trescientas o cuatrocientas mil pesetas que cada dos días llevaban en una caja con rumbo a la ciudad para ser ingresados en las cuentas de los apoderados del pueblo. Ahora puede parecer pintoresco que un simple Daimler de segunda mano, recarrozado en Gran Canaria por expertos carpinteros, se transformara en una verdadera diligencia bancaria.
Hace ya casi 50 que los Daimler llegaron por primera vez a aquellas tierras como si del lejano Oeste se tratara y siempre nos quiere parecer que nuestro mundo de comodidades ha viajado con nosotros toda la vida. Pero nunca está de más recordar, como muy sabiamente lo hacen Justo y Manolito a sus ochenta y siete años, que “el mundo ha cambiado mucho”. Y cómo.

Daimler del 43, de cinco cilindros
Publicado previamente en el número 52 de Verde (Salcai).


























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