Las nubes saladas que entrelazan las islas tapizan el mar Atlántico que, escondido, actúa como si fuera una ensoñación permanente entre los isleños.
Son las nubes saladas vivencias ancestrales que nos visitan con frecuencia para hacernos saber que nuestros antepasados también observaron el extraordinario paisaje que no podemos perder. Este paisaje, cotidiano y único, es consustancial al canario que, de tarde en tarde, se planta en Tindaya para contemplar nuestra peculiar identidad. Luego, los escritores recrearán esa personalidad con palabras eternas donde la belleza encuentra su acomodo en la estética de los textos. Así, lo real se recrea y se reinterpreta, como sucede con la imagen que acompaña.
Otra vuelta de tuerca hacia un paisaje que no solo refleja nuestra forma de ser sino que, además, nos identifica más allá de nuestra fragmentada frontera.






























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