La cúpula de la Basílica es tan vieja como el árbol sin hojas, aparentemente muerto. Cúpula y árbol conviven juntos desde hace años y la primera cuenta, desde su altura privilegiada, sus eternas visiones omniscientes al árbol añoso, que, a su vez, le habla de las conversaciones de la calle y del trajín diario que, sobre todo, los fines de semana aumenta una barbaridad; todo en primera persona. El tema preferido de la cúpula es el tiempo, las nubes, el frío, el sol, el azul del cielo y el vaivén lejano de los vecinos... Sin embargo, el árbol, desnudo, ansía que le comente sensaciones, emociones y sentimientos, que literaturice su mirada, pero no hay manera: lo inerte solo tiene una interpretación: la objetiva. Por eso el árbol, a pie de calle, se ha humanizado y poco a poco ha ido adquiriendo las costumbres de sus ocasionales acompañantes. Sí, sí: es un árbol viejo, pero está muy vivo.






























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