“Pasaba por aquí en la mañana cubierta de nubes: aún se notaba el frío de aquel invierno. La playa, completamente desnuda, parecía un lago sin olas y desde su misma soledad invitaba a compartir, en extraña atracción, sus frías aguas bardinas. Las barcas de los pescadores que aún hoy son, donde el Morro de La Habana, se mecían en la lentitud del vaivén del agua. Aparentaba un mar dócil, domesticado, que nunca se desbravaba ni perdía su natural paciencia. Pero no es así. Nunca es así. A un mar tranquilo le sucede otro agitado, donde el estado de ánimo va acorde con la Naturaleza, como en el Romanticismo: acaso todavía estemos en él. Pero no nos engañemos: yo solo pasaba por aquí, pero no te logré adivinar en la fría y húmeda arena de diciembre. Y tu imagen iba desapareciendo de mi memoria. Soledad se llama.”






























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