Hacía su ronda como cada madrugada, intentando que todo estuviese en su lugar. Llevaba una vela en una palmatoria, pues no hacía viento alguno. Los días en los que las hojas de los arbustos se movían usaba un viejo candelabro, con los critales rancios y que no dejaba traspasar mucha luz.
En el primer pasillo todo estaba en orden, llegó al final e hizo el giro para dirigirse al siguiente. Cuando ya había recorrido parte del cuarto corredor sintió como en uno de los nichos había un ruido, incluso salía algo de luz de él.
Sigilosamente se acercó, de puntillas, con el corazón a una velocidad tan grande que parecía el chachachá de un tren.
Cuando estuvo a dos pasos de la oquedad vio como un bulto negro salía de él, despacio, y dejando tras de sí una luz que parecía formar parte de las llamas del mismo infierno.
Su corazón no pudo más y se desmayó.
— ¡¡Adolfito, Adolfito!! ¡¿Qué le pasa?!
Preguntó aquel bulto negro recién salido del bulto.
¡¡Ah!! ¿Qué pasa, qué pasa? Aquí andaba yo, limpiando esta nave, junto a la de mi marido. Él sabe que soy muy aseá y quiero que me manden al otro mundo junto a él, pero no demasiado juntos, cada uno en su nicho, que ya hace muchos años que no dormíamos en la misma cama.
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