“Abrí la puerta y la gente no dejaba de pasar. Las alfombras de la calle, cual reclamo turístico, engalanaban aún más el día, que se elevaba como una suave luz de primavera. La gente no paraba de mirar ni de hacer fotos. Llevaban en su móvil todas las imágenes que después no volverán a ver. Y si antes dejábamos los trastos en el desván, ahora el ordenador ocupa su lugar. Como caben tantas cosas en él, vamos echando más leña al fuego. Al final nadie sabrá que allí están. Hasta que un historiador curioso y ensimismado comience a revolver los cajones digitales y rescate del olvido lo que un día de mayo fue.
Abrí la puerta...”































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