Infinitos desaires nos llevan al desastre final

Opinion

juanantoniosanchez4189El destructivo ser humano se debate entre la ignorancia y la imbecilidad; la primera producto de una cómoda situación en la que se cree con el derecho de que le den todo resuelto, la segunda a sabiendas del daño que está originando a su entorno y nada hace para solucionarlo, sin tomar medidas como el reciclaje, la observación en la carburación de su vehículo o el excesivo gasto en productos de higiene personal que van después al alcantarillado de nuestros pueblos y ciudades. Porque nada es recurrible de aportar sin una educación precisa, estamos acostumbrados a lamentar situaciones adversas cuando estas se están produciendo y no en ser previsores para que tales hechos no sucedan.

Nos acercamos de manera inmisericorde al cataclismo climático, la oportunidad de resarcir al Planeta por los daños ocasionados a lo largo de los años desde que la primera revolución industrial vino a visitarnos no se hacen esperar; seguimos batiendo records en la emisión de gases contaminantes y abusamos solícitamente de todo lo que el mercado nos dispensa ,sin calibrar los peligros que nos acechan.

Y es que vivimos hipnotizados por el consumo, faltos de coherencia a la hora de acometer acciones personales para la mejora de nuestra calidad de vida y demorando la iniciación en educación medioambiental a nuestros jóvenes y adolescentes. como si el tema no fuera con nosotros o el futuro no fuese una de nuestras prioridades concebimos la existencia como un viaje sin descanso, sin mirar más allá de dónde hemos dejado aparcado el vehículo, poner en funcionamiento la estufa con el frío que comienza en el mes de octubre o la rapidez por encender el aparato de aire acondicionado en época estival.

La empatía con la naturaleza se ha convertido en un gesto anecdótico de un fin de semana en el que descubrimos que el campo existe y los ríos fluyen en algunos lugares remotos de nuestra rutina cotidiana, con sus aguas cristalinas y el verdor de sus orillas, con los montes repletos de pinares, olor a jara y tomillo en el relente del aire. No es un onírico pensamiento, es la verdad, cada vez menos abundante de las cosas que destruimos, es el conflicto del medio ambiente con la especie humana que le está ganando la partida.

Se recorta el tiempo de lluvias y los polos se derriten, quizá por el llanto sobrevenido de su ecosistema al ver el espejo del agua cada vez menos blanco y la dureza de su cuerpo decreciendo a pasos agigantados. Huracanes, tifones, tsunamis, ciclones, tormentas tropicales, seísmos, maremotos y al final sequía, ese es el balance que los científicos en la investigación y la protección del lugar en el que vivimos prevén como causas futuras de destrucción de la Tierra; señales inequívocas de que “la Madre Naturaleza” se ha cansado de nosotros.

Hasta resulta lógico comparar la mente adelantada de Julio Verne, con aventuras que cada vez se asemejan a una realidad actual y nos sorprenden; ilusiones que vienen convertidas en alusiones tan fehacientes y palpables que asustan sobre cómo alguien pudo imaginar tanta ficción que ahora, tras el paso de los años, se vuelve realidad. Hemos advertido en más de una producción cinematográfica historias de gente que sobrevivió al desastre de una guerra permisiva por las grandes potencias mundiales y tuvieron que seguir matándose para acceder a unas gotas de combustible con el que abastecer sus primitivos medios de locomoción a los que tuvieron que acostumbrarse. Soñamos con planetas en otros lares de la Galaxia, con seres de imagen impoluta de sabiduría y coexistencia con el lugar en el que habitan, envidiamos la fuerza de naves espaciales fabricadas en la inspiración de directores y especialistas del cine y no somos capaces por un instante de tirar a la papelera el envoltorio de un caramelo.

De seguir por estos cauces me veo en la tesitura de volver a vivir de nuevo películas de hace años con la sana intención de aprender la manera de sobrevivir de actores que protagonizaban personajes antes de ficción y ahora más que reales. Habrá que dar la razón a muchos y muchas de los que decían aquello de que “no digas nunca jamás ni que el señor Spock sea tu padre y Chewbacca no sea un primo lejano de un tío en América” ¿o no era sí el refrán? Bueno, fuera de bromas, que no es la cuestión como para tomárselo así, la pura verdad es que estamos acabando con lo único que no nos pertenece, la vida de los que ahora vienen a un mundo que les estamos dejando deshecho. Algunos dirán que peco de atrevimiento pero, no es mi intención, peco de realista tal vez pero no de olvidadizo con la realidad de nuestro tiempo.


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