“Aquella mañana de invierno, la montaña no estuvo sola: una nube de tormenta gris y blanca la acompañó durante un buen rato. Hablaron del tiempo y de lo cambiado que está todo: “te esperaba antes, hoy te has retrasado; es que ya nada es igual: voy dando tumbos inesperados y me detengo en los sitios más insospechados”. Aunque la montaña insistía en que se quedara un poco más, el viento frío la iba desplazando: “he hecho un alto en mi camino, no me pidas más, no puedo y bien lo sabes”. La montaña asintió con pachorra de volcán apagado y la vio marchar, con tristeza, rumbo a La Isleta cargada de agua.”































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