Llegó al lugar del crimen con las ideas claras y paso firme: aula de audiovisuales, pizarra, alumnado y un par de profesores. No se sentó en ningún momento el escritor. Paseaba entre el público, al que trataba de encausar en su aventura. Al ver la pizarra, elemento primordial que sobrevive a todas las modas pedagógicas, la utilizó para su peculiar trama. Anotó nombres, inventó una historia y el alumnado pasó a representar el papel de personajes, unos pocos, y de lectores, los más.
La estrategia del escritor funcionaba a la perfección: había llegado el momento de engancharlos a la lectura. Y lo hizo con eficacia. Entonces, el final se precipitó y cuando quiso reaccionar despertó en los encendidos aplausos del público.
Solo quedaba el fundido en negro.






























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