Tienen, y mantienen, los tejados el sabor de lo añejo y la delicadeza de la arquitectura popular bien entendida.
Los que han superado el paso de los años sobreviven rodeados de piedra de cantera azul, de suaves soles de primavera y de sombras de la cercana iglesia, que, a pesar de su majestuosidad, no logra destruir el entorno. Y en él los tejados se reivindican como para indicar que fueron los primeros y que la antigüedad es un grado. Por eso conviven en plena armonía. A pesar de los colores sobrevenidos en los últimos tiempos, el blanco que permanece en las fachadas no solo logra iluminar el lugar y la mirada, sino que apaga a los otros matices que han oscurecido la calle.
Sin embargo, en los días luminosos, todos sobresalen para dignificar el Patrimonio.






























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