Tengo para mí que los domingos por la mañana no solo son especiales sino que el tiempo parece haber desaparecido.
Esa nube temporal, donde el agobio se ha desvanecido y no ha llegado aún el tedio de la tarde, se instala sin pedir permiso y, en la lentitud del mediodía, logramos atrapar de nuevo la conversación distendida, el trato afable; y la mirada se alarga en la calle, donde el vaivén de la gente se asemeja a las olas que siempre mueren en la orilla. La calle, el mar; la arena, el bar.
Y en el horizonte los recuerdos dan vueltas como un tío vivo y creemos descubrir en cada persona un instante de la vida que hemos vivido. Al mismo tiempo, el pasado y el futuro. Y, entre los dos, el presente.






























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