La casa del parque ha visto de todo; forma parte de la historia local. Y sus hermanas de alrededor, también. Pero esta casa es especial: su peculiar frontis no solo la proyecta en la calle, sino que sus ventanas hablan de un tiempo encerrado en el tiempo. A veces dejan ver algo de su interior, pero en los últimos meses parece que se ha enrocado en sí misma y no desea participar del bullicio de la calle ni del parque, donde la algarabía infantil es casi permanente. Está cansada la casa, pero no derrotada. Seguramente volverá a vivir otro instante de esplendor, otro momento vivo con novedosos cambios. Por eso siempre sobrevive.
De momento sigue contemplando el jardín de la vida. Hogar y desierto se han convertido en sinónimos.






























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