La imagen de este comentario me recuerda al cuento que le contaba todas las noches a mi hijo: La Casita, atrapada entre altos rascacielos. La situación es la misma: ha quedado encajonada, perdida, abandonada. Aún se resiste a caer, pero no le queda mucho. La puerta ya no abre y, si lo hiciera, conduciría a la nada, a la destrucción del tiempo. Una vez, seguramente, estuvo sola y fue la primera del lugar. Sus viejas compañeras han ido desapareciendo con la piqueta del progreso. Ella es la primera y la última. Claro que en el cuento que le contaba a mi hijo la casa era recuperada y trasladada al campo, donde tendría una segunda vida. Pero eso solo sucede en los infantiles relatos.






























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