La infanta, su marido y la alegría servil
Días pasados, y en el marco incomparable de la Real Casa de los Nenúfares Prohibidos, se celebró la presentación de la película que da título a este artículo.
La flor y nata de la ciudad, la vieja nobleza toda y los nuevos advenedizos especializados en saquear las arcas públicas, algunos elegidos democráticamente, se precipitaban, en extraordinaria mezcla, entre los cócteles de la presentación, que, como casi siempre, corrió a cargo del Gran Maestro de Ceremonias, más conocido por “el desarmable” en ambientes populares, y que dejó bien claro quién manda en este País de Pacotilla (PP). Los trajes color pastel de ellas, los sombreros ingleses, también de ellas, y las joyas variadas indicaban que el lugar no solo era exclusivo de toda exclusividad, sino que, además, alentaba las ventas en papel “couché” de las acorazonadas revistas, tan a menos en estos tiempos tecnológicos.
Todos los asistentes al evento vivían por encima de sus posibilidades: unos se creían aún jóvenes y se tropezaban cada dos por tres en Baqueira, donde la nieve; otros se endeudaban en demasía pues ni con dos sueldos cubrían el importe anual de la hipoteca; y, por último, los serviles políticos “que cómo se iban a negar a lo que pedía el yerno del rey”.
Así transcurrió la velada, que duró unos doce años, hasta que la sentencia se pronunció y lo vimos bajar de nuevo con rumbo a los juzgados. Ya desposeído de su parafernalia real, seguía manteniendo su inocencia “sin ánimo de lucro”. Y eligió la soledad en una cárcel de mujeres.
“Miedo y pánico al populacho” es el nombre de la nueva enfermedad que padece.
En soledad, claro.
































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