En el año 2090 los implantes de joroba se habían convertido en la principal operación estética entre los jóvenes de entre 16 y 30 años, por delante de las bien conocidas ampliaciones de mamas o de pene.
No era de extrañar. Desde hacía más de cuatro décadas la curva hipercifótica era un signo de estatus social, de elitismo. Sin embargo, la protuberancia situada entre el cuello y las escápulas tenía un desarrollo lento, demasiado lento para la juventud de finales del siglo XXI. Solo aquellos bebés que desde su más tierna infancia hubiesen estado esposados a una tablet o a un smartphone podían soñar con llegar a la pubertad con la bella y deseada prominencia.
Al fin y al cabo, varios milenios habían llevado a la especie humana a la bipedestación y a erguir la cabeza para otear el horizonte... y solo unos años de barbillas pegadas al esternón no iban a cambiar lo que la evolución, sabia o erróneamente, había logrado.
De modo que los jóvenes, incapaces de esperar a mediados de la treintena para empezar a sentir el peso de una mala postura, aceleraban el proceso con unos implantes pesados (e inocuos) que por un lado formaban la ansiada curva, y por otro promovían una mayor y hermosa deformación.
Esta auténtica revolución estética trajo consigo numerosos cambios en todos los ámbitos sociales.
Así, la ropa tuvo que ser rediseñada por completo para adaptarse a este nuevo rasgo anatómico. Las camisetas, camisas y abrigos modificaron sus medidas para poder amoldar y resaltar la joroba, mientras los zapatos pasaron a tener una importancia capital en el juego de la seducción, al ser lo que muchos, incapaces de levantar la mirada, observaban por primera vez en sus ansiados ligues.
Las cámaras y sus respectivas pantallas dejaron de ser un elemento accesorio en el salpicadero de los coches de alta gama y se convirtieron en una herramienta imprescindible para una conducción segura, situados en este caso entre las piernas del conductor.
Incluso las prácticas sexuales se redefinieron, ya que la joroba proporcionaba un apoyo perfecto en el que dejar la bebida favorita mientras se disfrutaba de una felación o un cunnilingus, por lo que la penetración dejó de tener un lugar preferencial entre los gustos de los jóvenes.
Los anatomistas se preguntaban con cierto pudor hasta dónde podría llegar la degeneración espinal. No sabían responder si, como afirmaban lo más escépticos y pesimistas, en el momento en el que solo pudiésemos observarnos el ombligo no estaríamos definitivamente condenados como especie.




























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