El drago de la casa del cura, al que siempre hemos visto desde el lado opuesto de la imagen, el más frecuente, por supuesto, nos presenta un nuevo punto de vista. Ahí está y ahí lleva una infinidad de años.
Desde su hermosa atalaya, no solo pasa lista a los que asisten a misa, sino a los desconocidos transeúntes, incluidos ahora los numerosos turistas, en su devenir diario. Es una pena que los cables estén tan próximos a él. Pero es lo que viene a ocurrir con los patrimonios históricos demasiado cableados. Y cabreados también. Pero ese es otro asunto. De momento, el drago goza de buena salud y desde la nueva mirada parece aún más joven; lo que viene a indicar que le queda una larga vida. Como la palmera hermana que a su lado camina. Así que las torres de la iglesia, la palmera y el drago son de la misma familia y especie y permanecen unidas, y erguidas, para ensanchar la mirada de los naturales del lugar y, tal vez, de los foráneos. Por eso, y por su natural belleza, son fotografiados un día sí y otro también.
El conjunto es perfecto cuando la colaboración del ser humano se hermana con la Naturaleza.






























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