Parque chino y literatura
Tengo para mí que El Parque Chino se agranda con el tiempo. Cada día es el mismo y cada día nos muestra una cara diferente. Y no es que crezca, qué va: su encanto está en su tamaño: chico, coqueto y redondeado; sin esquinas, como para dulcificar su estructura. A pesar de que las terrazas de los bares lo han invadido, por un lado, desde su mismo espacio; y, por otro, desde la orilla, donde va escondiéndose al paseante, se mantiene vivo y su encanto resiste: la Jacaranda da fe de ello.
El entorno también se ha ido agrandando y El Parque Chino lo deja bien claro: “aquí estoy y aquí permaneceré. Además, cuento con un habitante permanente: nada más y nada menos que el escritor Domingo Rivero. Y lo cierto es que me hace mucha ilusión. Y lo han colocado de pie, como para mirar continuamente, y con el gesto de escribir. Mirar y escribir: es lo que hacen los poetas siempre. Por eso me gusta que Domingo Rivero haya venido a acompañarme.”
Y cuando el día no ha hecho más que empezar y el olor del café cercano empieza a aromatizar la vieja balaustrada, El Parque Chino es aún más parque y, con delicadeza, nos invita a su disfrute: lugar perfecto donde la lectura puede encontrar su arraigo y su fuerza. La atmósfera está garantizada: el ruido de platos y tazas de la cercana cafetería nos dice que Domingo Rivero está en su casa, a punto de tomarse un cortado. O dos.
De lo que se infiere que Parque Chino y Literatura son casi sinónimos.





























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