Las agujas de las iglesias, que miran siempre hacia arriba, taladran el cielo en la tarde veraniega. Claro que para el que escribe, viajero y caminante improvisado, las agujas siempre son de piedra, convertidas en filigranas por las manos expertas de los labrantes que un día fueron. Y siguen estando ahí porque sus obras artesanales tenían un propósito: superar el tiempo y formar parte de la Historia. Se merecen un homenaje. Sí, sí, aunque nos repitamos. No debemos dejar a las nuevas generaciones que lo descubran cuando ya sean mayores: tiene que ser ahora, para que los nuevos investigadores escudriñen aspectos desconocidos y nuevas interpretaciones de una ciudad que se resiste a morir. Sí, sí: hay que mirar con detenimiento.






























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