“Cuando dejé atrás el exilio mexicano, la ciudad había cambiado tanto que me costó reconocer las nuevas calles, el olvidado sabor del estilo capitalino y la idiosincrasia de su gente, que corría como si el día se fuera a apagar de un momento a otro. O como si un terremoto estuviera amenazando poco más allá de Las Canteras.
Tras el impacto inicial, comencé a recuperar a los amigos que habían sobrevivido. Los siguientes dos años los pasé sumido en una depresión controlada. Así pude escribir “Silencios muertos”; apenas treinta poemas salidos del alma y del imborrable recuerdo de una vida ya desaparecida. Luego, al acostumbrarme a la nueva vida local, remonté mi ensimismamiento y las nuevas voces me abrieron caminos que desconocía. Es la vida un misterio continuo y la Historia, un lugar que va quedando atrás, atrapada en las líneas de los investigadores.
Cuando me invitaron a participar en el “Cartel de las Letras y de las Artes”, del Diario de Las Palmas, comprendí entonces que el exilio se había extinguido totalmente.”






























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