Ya no hay paraísos, excepto los fiscales, que son propiedad de esa nueva clase social nacida al socaire de la política y de las amistades peligrosas. Y que tanto daño nos han hecho, sobre todo, los que han cambiado el significado de las palabras y de los gestos.
Pero yo quisiera hablar de otros paraísos, aquellos que se quedaron para siempre en la infancia y en la animada calle convertida en campo de juegos. Hablo de la música de entonces y de bajar a Las Palmas a comprar discos: todo un ritual. Hablo de los amigos que aún permanecen, aunque solo nos digamos adiós. Y la algarabía infantil en el Parque de San Juan resuena ahora mismo, en estricta repetición, en las tardes de septiembre.
Hablo de un tiempo lento, pausado, enorme ante los ojos infantiles: un auténtico paraíso.































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