La bruma
Cuando sonó el segundo timbre de la mañana, me dirigí al aula, donde los nervios, indelebles como la tinta azul de los apuntes, traspasaban el alma de los alumnos, que comenzaron a separar sus mesas de las de sus compañeros.
--Les dejo cinco minutos para repasar; enseguida vuelvo –y me dirigí rápidamente a Audiovisuales, una sala oscura y fría, la misma en la que impartía además un Taller de Escritura, donde una raquítica ventana, al fondo, solitaria entre la enormidad de la pared, asomada, como si fuera una lágrima perdida, a un patio umbrío, parecía arrojarte a la inmensidad del universo. Las lonas que colgaban del techo, blancas, servían no sólo para amortiguar el sonido, sino que suplantaban a las nieves mismas de la existencia. Coloqué las mesas y en cada una de ellas, un examen. La algarabía cesó en cuanto se enfrentaron, por fin, al inevitable destino.
A los ocho minutos y medio comenzó a volar el typpex, trasladándose, en ocasiones de mano en mano para llegar a las de Paola, tras haber pasado por las de Eligio y Claudio, hecho hartamente raro en este último, símbolo claro de pulcritud. Los nervios, la única nota de color en aquella blancura, planeaban con el typpex de un extremo a otro, alcanzándolos a todos. Y comenzaron a experimentar una sensación de agudeza y concentración desconocidas hasta entonces en sus adolescentes vidas; si bien sólo fueron conscientes de ello dos horas más tarde, cuando el de Matemáticas se empeñaba en explicar un nuevo ejercicio. No paraban de escribir, ni siquiera apreciaban el paso del tiempo, dilatado eternamente. El Romanticismo los había encarcelado a todos en una celda: incluso los que veían ridículas las Rimas de Bécquer, comenzaron a sentir en sí mismos el desgarro del amor frustrado; y los que ya lo habían sufrido, advirtieron intensamente la alegría del amor vivo. Y en sus rostros, una suave sonrisa; indicio para algunos de que el examen les estaba saliendo bien.
Entonces, aquel viernes de finales de enero, la mañana se nubló. La neblina intensa que subía desde el mar a la montaña entró por la puerta del instituto y las escaleras se convirtieron en un obstáculo insalvable y resbaladizo, donde los pasos no se percibían y la sensación de levedad aumentaba, al mismo tiempo que la oscuridad se adueñaba del día. El patio trasero, el que apreciábamos a través de la pequeña ventana, se eclipsó. Sólo los sentados al final pudieron percatarse del hecho, pero la imperiosa necesidad de acabar el ejercicio ni siquiera les hizo reflexionar. Cuando la luz artificial fue más intensa, sólo entonces, notaron que algo había pasado; no sólo el tiempo, sino tuvieron la extraña sensación de haber estado en pleno siglo XIX: en un Madrid invernal y solitario; al lado mismo de Bécquer: habían caminado junto a él.
Y sonó otra vez la sirena. Y al cruzar el pasillo, convertido en frontera, pudieron adivinar los alumnos el alcance exacto del Romanticismo.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27