A veces me siento arrugado y necesito que me planches. Que deslices tu mano por mi espalda y suavices los surcos que marcan mi piel. Necesito el calor que atenúe mi ceño fruncido y relaje mis manos crispadas; unos dedos que alisen las ideas que se enmarañan en mi cabeza.
A veces me siento arrugado, como una camiseta olvidada en la lavadora, como la hoja de papel que el escritor arrancó y lanzó con furia a la papelera porque solo contenía ideas huecas.
A veces, solo a veces, siento que me pliego sobre mí mismo hasta hacerme minúsculo. Y así, junto mis dos mitades: mano sobre mano, párpado sobre párpado, corazón sobre corazón, hasta que solo soy la mitad de quien solía ser.
Por eso a veces necesito que me planches. O que me estires. O que simplemente me desdobles. Que cojas mis puntos cardinales y los ordenes, recordándome dónde queda el norte, el sur, el este y el oeste.
Y me tiendas al sol, para que pueda secar mis lágrimas





























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