“Tomó la pequeña embarcación y a media mañana se llegó al centro de La Albufera: gesto que repetía anualmente en el mes de julio. “Las promesas hay que cumplirlas”, pensó. “Y aquí estoy, como cada año, y ya van quince. Sin embargo, María, no creas que me cuesta. No solo lo hago por ti, sino por mí también. El diálogo en mitad de este mar dulce y fresco es lo más parecido a la felicidad. Y, a pesar de mi tristeza, estoy alegre: los recuerdos sobrevienen con el ánimo de sanar. No creas, María, que la nostalgia me invade: siempre recuerdo tus palabras: “no llores mucho por mí; vive, por favor”. Y eso es lo que hago. Y he hecho esta foto para cuando ya no tenga fuerzas y la edad se convierta en otro obstáculo añadido. Entonces la miraré, te miraré, y me situaré de nuevo a tu lado, donde ahora me encuentro.”































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