Escribo desde Arucas
Escribo desde una ciudad pequeña, aunque haya crecido mucho en los últimos tiempos. Bien es cierto que no se puede comparar con las grandes capitales de este país o del mundo; ni siquiera lo pretendemos. Pero no me resisto a considerar que tiene menos encanto que otras. Últimamente no hago más que leer en la prensa lo que dicen algunos de los escritores más consagrados: viven en NY o Londres y desde allí nos hacen creer que la pequeña librería que visitan en la intersección de unas calles famosas, que remiten a cine norteamericano o inglés, no sólo son pequeñas maravillas en la gran urbe, sino que además están a punto de desaparecer y eso es ya un auténtico desastre. Suelen repetir la idea con algunos bares o cafeterías. Mi tía Ana sentenciaba esa actitud con una expresión de campeonato: “¡el mundo está pafuera!”. Y tiende uno a pensar que el lugar en el que vivimos carece de esas emociones.
Pero, a poco que prestemos atención, nuestra ciudad, pequeña o grande, puede ser tan literaria como cualquier otra. Y sus librerías, cada una con su estilo peculiar, también rezuman buen ambiente. Y si hablamos de bares o cafeterías, no sólo tenemos dónde elegir, sino que podemos optar por cualquier ambiente, según el estado de ánimo en que nos encontremos. Así, algunos resultan el marco perfecto para las relaciones personales. Otros son enormemente divertidos. Y también los hay para la confidencia y la infidelidad. Y para intercambiar la soledad. Y en aquellos de allá se habla alto y se discute. Y los hay de agradable tertulia, de animada charla y de miradas furtivas y sugerentes que podrían marcar el inicio de la aventura nocturna. En todos ellos podemos encontrar variedad de personajes para las nuevas historias.
También les podría hablar de las calles, donde la historia salpica en cada adoquín y en cada fachada. Y como Arucas está a los pies de la Montaña, tenemos la opción de convertirnos en narradores omniscientes, poderosos e implacables.
Así que esas historias están ahí: sólo queda escribirlas; que no es poco. Y, aunque las escribamos, nos calificarán de “costumbristas”, como para desmerecer.
Mi ciudad también es literaria, también es auténtica y, sobre todo, profundamente humana.
¡¡Y lo mejor de todo: muy imperfecta!!




























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