Recuerdos
En esta tarde fría de febrero (¡vaya invierno el de este año!) los recuerdos se han precipitado. Hoy he recordado que mi padre nunca conoció a sus nietos y me pregunto que si sabe de ellos. Yo le cuento y le digo: llevo años haciéndolo, pero no sé si lo hago más por mi tranquilidad que por otra cosa. No los ha visto crecer y eso me aturde. Y mi madre. Mi madre planchaba todo, incluso los pañuelos, a los que añadía unas gotas de colonia, que de niño nos ponía en los bolsillos de los pantalones de domingo.
Así que los recuerdos han regresado para señalarnos no solo lo deprisa que va esto, sino para dejar bien claro que la vida es así. O ha sido así. Y no es que le dé muchas vueltas a los tiempos idos, pero vuelven solos y se hacen presentes en cualquier instante. Sí, sí, un instante de sensaciones contradictorias. Es lo que hay. Vamos añadiendo años a la existencia y cargamos en nuestras espaldas recuerdos viejos y nuevos. Y mientras lees, escribes o dibujas o, sencillamente, haces de comer, se precipitan recurrentemente los años vividos.
Y en el silencio de cualquier esperanza regresan mis padres. Aunque ellos saben que no los hemos olvidado, de vez en cuando nos dan un tirón de orejas.
Eso es: recuerdos.





























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