“Cuando llegó el nuevo vecino, lo recibimos como a todos: con educación y mucha discreción. Sin embargo, arrastraba una extraña sombra que se manifestaría en los meses siguientes.
La enfermedad mental que padecía aún no estaba diagnosticada ni registrada en los anales de la medicina. Llegó con su mujer y un perro pequeño, tremendamente estresado y nervioso, que no paraba de ladrar: un incordio en toda regla. Tomó la costumbre de darle un paseo mientras daba cuenta de un perfecto habano que aromatizaba la calle entera. Hasta que por pura casualidad descubrí las extrañas huellas en mi ventana: la escupía todos los días. Y los coches allí aparcados no se libraban de su venganza inusual. Y llegó a introducir en los buzones del portal del edificio la caca de su alterado perro. A pesar de no haber tenido tiempo para acumular tanta maldad y desprecio, no tenía ni siquiera cuarenta años, su comportamiento obedecía a una enfermedad incurable: la de la mala educación.
Y, a partir de entonces, fue conocido como “el mala baba”.































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