Las derechas se pelean
Hasta hace unas pocas fechas, en el panorama político estatal, se ha mantenido una suerte de tranquilidad en el espacio en que se mueve la derecha. Desde hace un buen número de años, hasta la llegada de los nuevos grupos políticos, el PP ha sido hegemónico. Aunque con evidentes altibajos, ha estado gobernando con cierta regularidad desde el año 1995. Salvo el paréntesis en que estuvo presidiendo el gobierno Rodríguez Zapatero, el PP ha llevado las riendas del Estado, desde aquella fecha. La emergencia de Ciudadanos, primero en Cataluña para posteriormente saltar de la política autonómica a la estatal, hace que se tambaleen los cimientos de la estructura organizativa de la derecha. En estas últimas fechas, tras las elecciones catalanas, ya surgen las voces que anuncian un cambio en la fisonomía de la derecha, con un aparente ascenso de Cs.
Desde siempre, lo normal fue la lucha entre los grupos de izquierda. A partir del triunfo de Felipe González (octubre de 1982), con más o menos éxito, el PSOE marcó el itinerario de la izquierda española. Recordemos, hasta la muerte del dictador, el papel que jugó el PCE, que llevó las riendas de la lucha política – más o menos clandestina – contra el régimen del 18 de julio. En torno a dicha formación giró toda la oposición de izquierdas, o no, que se forjó durante la dictadura. Muerto el dictador, con el advenimiento de la democracia, tras unos primeros éxitos electorales, el PCE fue en franco declive en favor del PSOE. A partir de ahí, sin entrar en demasiado detalle, surge el movimiento impulsado por el PCE y otras organizaciones de izquierda, incluso algunos escindidos del partido en el gobierno, que comenzó a mostrar evidentes signos de desgaste tras las primeras acciones que defraudaran al electorado y a una parte de la militancia. Surge entonces, como alternativa de izquierdas al PSOE, izquierda unida, IU en siglas. Las continuas desavenencias con Felipe González, dieron como resultado una litigación cuasi permanente en el seno de la izquierda. De aquella época es la famosa pinza, que de vez en cuando sale a paseo.
Por su parte, la derecha española, una vez transcurridos los primeros años de la democracia, acabó conformando lo que primero fuese Alianza Popular, que más tarde modificó siglas y símbolos, para transformarse en PP. Había transcurrido su periodo de confrontación, cuando junto a la UCD, el partido de la reforma política que trasladó a España del régimen del 18 de julio al actual sistema, convivieron Alianza Popular y otra organizaciones que fueron dando paso, una vez transformada la UCD en el CDS, a distintos grupos de derecha que, finalmente, salvo algunas excepciones, confluyeron en lo que hoy es el PP. De ahí, la escasa competencia – por no decir nula – que ha cosechado durante todos estos años dicho partido. Porque, aparte de ese innúmero grupo de formaciones que surgen con ocasión de las elecciones generales, con más o menos continuidad para tales acontecimientos, del resto en el día a día de la derecha española – hasta el momento de la emergencia de Albert Rivera con su partido Cs, primero en el ámbito catalán y más recientemente en todo el estatal, los del PP no tuvieron competencia alguna. Salvadas las distancias con el PSOE, a quien en ocasiones se llegó a comparar por determinadas actuaciones políticas, fundamentalmente en el ámbito de la política económica. Con quienes, en un pacto no escrito, se compartían el poder; con las sucesivas alternancias en el Gobierno del Estado.
Ahora, transcurrido el tiempo, y con la llegada de las nuevas organizaciones políticas que quebraron el bipartidismo, la situación en la derecha parece estar dando un vuelco, en favor de la nueva fuerza surgida. No olvidemos que, hasta el propio ex Presidente honorario del PP, estuvo elogiando las cualidades de su líder. El nerviosismo en el seno del Partido Popular, por mucho que intenten disimularlo, se les nota en el ceño. Temen, que las sucesivas huidas de su electorado, incluidos algunos cargos electos, desde una a otra fila, sea el inicio de algo que se ha dado en otras circunstancias: la pérdida de hegemonía de uno en favor del otro. Si añadimos, hecho ya incuestionable, que una parte del electorado tradicional del PP comienza a estar irritado con sus políticas, caso de los pensionistas, es motivo sobrado como para que tengan, aunque quieran desmentirlo, un miedo atroz a la pérdida de cotas y cuotas de poder. Al tiempo.




























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