“Riquín Santana era un perretoso consagrado “endepequeño”. Desde sus tiempos mozos, en el viejo campo de fútbol de tierra, se cogía unas calenturas tremendas cuando el entrenador del equipo infantil, un tal Rodolfo Carmelo, no lo alineaba desde el principio. Siempre pensó Riquín que se encontraba por encima de los demás y que estaba llamado a hacer algo grande. Eso sí: tenía una habilidad precisa para procurarse las amistades adecuadas. Y cuando creció y se dedicó a la política, uno de sus amigos lo condujo “a la cumbre de toda buena fortuna”. Pero no era nada consciente Riquín Santana de su incapacidad, siempre escondida en aquellas amistades. Así, cuando su mejor amigo murió políticamente, se quedó solo y desorientado. Y destronado. Y comenzó a dar palos de ciego al mismo tiempo que su perreta aumentaba. No comprendía lo que le sucedía. Y cambió de partido. Y quiso entrar en otro. Pero los nuevos jóvenes lo señalaron con el dedo y aquella mujer dirigente, y diligente, lo dejó claro:
---Aquí palmatorias no queremos.”































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