Carmen cree que Juan volverá
Todavía me pregunto cómo algunas frases han llegado a mi vida. Y no se van.
La que da título al artículo la empleaba con frecuencia en clase, cuando explicaba las subordinadas sustantivas de complemento directo. De algún libro la debí copiar. Y me gustaba. Parecía el principio de una historia. Al escribirla en la pizarra, quiero recordar que algunos alumnos la recibían con agrado porque vislumbraban su continuación. Era, indudablemente, una oración muy apropiada para expandir la imaginación. Eso sí, cada uno lleva una historia debajo del brazo y aquellos alumnos de mis primeros años todavía leían. Sí, sí, leían y mucho; aunque a los profesores nos pareciera siempre poco. Claro que internet no existía y ni siquiera se le esperaba. Como a aquel general golpista que pretendió asentarse en La Zarzuela.
La oración aguantó el paso del tiempo pues su rentabilidad en el aula era manifiesta y porque el idioma es el idioma. La logré proyectar en una pantalla, pero ni siquiera convertida en un texto atractivo y coloreado lograba provocar el impacto de entonces. Luego le añadí una imagen, acaso con el deseo de atrapar la atención juvenil que se me escapaba en las mañanas frías de finales de enero. Porque el instituto era una nevera en invierno y con los calores del siroco, un infierno encendido. Ya nada era lo mismo. Internet y los móviles habían llegado y empezaron a convertirse en la distracción perfecta.
Todavía hoy me sigo preguntando cómo algunas expresiones han llegado a mi vida. Y no se van. Y tengo otras. Muchas.





























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