“El sol quería entrar en la habitación mañanera, pero las contraventanas solo dejaban pasar una banda estrecha del otoño. Miré desde mi cama y vi cómo avanzaba en el suelo de madera: ya no me asomo al balcón, al que tanto me alongué para ver las procesiones y las carrozas en las fiestas. Y la gente paseando de un lado a otro en las tardes de domingo, mucho antes de que se convirtieran las calles en un solitario lugar lleno de silencio y tedio. Los tiempos han ido cambiando y mi memoria cada vez es más lejana: la infancia ha pasado de nuevo a primer plano. Y la juventud también. Por entonces creíamos que el camino era una llanura argentina. Pero no fue así, nunca es así. No quiero recordar ahora porque las lágrimas me impedirían contemplar la belleza del delicado sol mañanero que quiere alcanzar mi cama. Es el sol del otoño, siempre fiel a la cita”































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