Relatos al socaire del alisio (III): Albertina Parra, la otra, y Francisca González, la de la tienda
“Este huevo quiere sal” pensó Albertina, sentada en el portal de su casa, cuando divisó a una sabandija con aires insinuantes de marcada autosuficiencia y gestos de hombre macho:
--- Si viene a echar un polvo, se ha equivocado de casa y de calle. Yo soy Albertina Parra, la otra; no la coja--- dijo en la tranquilidad vespertina del coqueto y floreado callejón.
Y salió el hombre macho con el rabo entre piernas y aspavientos airados, desesperado por evacuar. Siguió Albertina en su labor a la espera de Francisca González, que la acompañaba en las tardes de costura, con la que había fraguado una amistad con incierto futuro en soledades compartidas.
Albertina Parra, peruana de nacimiento, huérfana y llena de soledad en un infierno de novelerías y cuentos, llevaba ya algún tiempo en boca de todos: en aquellos años, a finales de los cincuenta, el peso de la moral católica era tan fuerte que, a pesar de cumplir con su devoción religiosa, no paraba de ser objeto de recurrentes habladurías. A su amiga Francisca González, hija de Antoñito, el de la tienda del Terrero, le pasaba algo parecido en la otra esquina del pueblo: a sus veinticuatro años aún no se había casado y ya algunas lenguas afiladas hablaban de que vestiría santos de por vida por no ennoviarse con el repartidor del Clipper, aquel buen muchacho del Lomo Quintanilla. Y entonces llegó lo peor en el verano de 1959: la amistad entre ambas adquirió el calificativo de “mariconas” en las calles noveleras.
Había recalado en el principio de la Acequia Alta cuando sus padres regresaron de la emigración americana, donde tampoco pudieron huir del hambre: la única riqueza con la que regresaron fue Albertina. Él, mecánico de profesión, y de lo que se terciara, tuvo que competir con los del lugar, que ya gozaban de clientela fija. Sin embargo, sobrevivieron a duras penas gracias a los arreglos de costura que Albertina y su madre realizaban: sus habilidades se fueron extendiendo por toda la comarca. Y cuando sus padres murieron de tristeza, con apenas un mes de diferencia, el coser para la calle se convirtió en su único sustento. En aquella sociedad ordenada, familiar y católica, no lograba integrarse del todo. De hecho, Albertina, la otra, como era conocida, venía a significar una especie de individualidad con criterio que los lugareños criticaban porque, en el fondo, sentían miedo de su independencia. Además, ya con veintisiete años confesados, encarnaba perfectamente los peyorativos términos de la época: solterona, solitaria y rara.
A finales de junio, recién terminadas las fiestas patronales, la presión sobre ambas mujeres se deslizaba sigilosamente como una venenosa serpiente:
--- ¡Esos plátanos no se los vendo porque ya están reservados para Segundo Marcial, el del acordeón!
Al principio Albertina pensó que aquella mujer tenía un mal día hasta que comprendió que siempre los tenía malos cada vez que se acercaba a su tienda. Por las noches, en la soledad de la pequeña alcoba, pedía a la Virgen del Pino protección: “al fin y al cabo no creo hacer nada malo; el destino ha venido marcado, virgencita mía, ¡ayúdame!”.
ooOOOoo
--- Estamos en boca de todo el pueblo y nos acusan de mariconas. ¡Dios mío, qué palabra tan fea! Nunca la había escuchado antes. Así que dejaré de venir por las tardes a coser. Este pueblo es pequeño, Albertina, muy pequeño. Iré a misa entre semana, a ver si esos rumores van desapareciendo— dijo Francisca con determinación enlagrimada.
Antoñito y su mujer vieron con buenos ojos la nueva actitud de su hija; deseaban acallar aquellas murmuraciones. Pero, desde el púlpito, don Eulogio, el cura castrense, sabedor de la fuerza de sus palabras, lo dejó bien claro:
--- Hay todo tipo de feligreses, hermanos. Los hay fieles y considerados y los hay que manchan el nombre de Jesucristo con sus dudosos comportamientos, aunque asistan a misa. ¿Acaso se puede equivocar una comunidad entera? Algunas personas asisten todos los días a misa, pero su comportamiento íntimo deja mucho que desear. Deberían confesarse para que el diablo salga de sus cuerpos atrapados en el deseo y la lujuria y la inversión. Hay que ir por el camino derecho y la confesión debe ser el primer paso, porque como dice la Biblia...
Francisca González llevaba años sin confesarse: nunca le agradó el ponerse de hinojos y mucho menos ante un hombre con imponente falda negra. Aquel viernes de julio, tras escuchar el sermón de don Eulogio, comprendió que nada iba a cambiar: ya estaban condenadas.
Con el calor fuerte de agosto, arreció el acoso. Las palabras volaban encendidas entre las casas del Terrero hasta las de la Acequia Alta, y regresaban de vuelta por la Cerera y la calle de Arriba, antes de dedicársela a los Marqueses. Aquel chisme de ida y vuelta se diluyó levemente a principios de septiembre, cuando se anunció a bombo y platillo el próximo eclipse total de sol, pero para ellas fue solo una nube que el Alisio les había regalado.
Y el dos de octubre de 1959, viernes, a las doce menos cuarto de la mañana, en pleno eclipse, tomaron un taxi en la Plaza con rumbo a la capital, mientras sus vecinos miraban el cielo ennegrecido prematuramente.
Albertina y Francisca, en miradas cómplices, recordaron la fugaz nube del Alisio.




























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