“En las mañanas tranquilas del otoño, echaba un ratito a la entrada de la casa. Claro que ahora la casa luce mucho mejor que antes, donde no teníamos tiempo para nada. No solo nos creíamos que íbamos a dominar el mundo, sino que, sin apenas darnos cuenta, la vida se nos escapaba de las manos como cuando de niños deseábamos atrapar el mar y meterlo en aquel lejano balde de colorines.
Me vino a saludar Saturnino, el de las bombonas. Y luego llegó Leocadio, el de la vieja ferretería. Apenas se nubló el día, entramos en la casa, donde el aroma del café “La flor del Brasil” llenaba de sensaciones la pequeña cocina, verdadero punto de encuentro, como se dice ahora. Entre sorbo y sorbo desgranamos las vivencias y los recuerdos de los amigos idos. Pero en cuanto salió otro rayo de sol, no solo cambiamos la nostalgia, sino que nuestra mirada volvió a mirar hacia delante. Como debe ser, carajo. ¡!Como debe ser¡¡”































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