Las sombras del parque cercano se proyectan cada mañana en las fachadas que, en dirección al mar, intentan alcanzar la costa y recibir el maroto constante teñido de salitre blanco. Sin embargo, las sombras no pueden traspasar esas altas ventanas, permanentemente cerradas, tal vez clausuradas, protegiendo la historia de los que un día las habitaron y alegraron. Hace ya muchos años que por allí no se asoma nadie. Hace ya mucho tiempo que los balcones no se abren a las fragancias que emanan del parque. Hace demasiado tiempo que el tiempo no se acerca a los viejos edificios que un día proclamaron su presencia, su alegría, su manera de ser y estar. Por eso, ahora, las sombras apenas saludan a esas fachadas frías. El paso del tiempo. Inexorable, como siempre.































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