Los cables no nos dejan apreciar el patrimonio arquitectónico; al igual que los árboles no nos dejan ver el bosque. Con la pasta gansa que ganan las eléctricas y las telefónicas, digo yo que les sobra dinero para soterrar la maraña de cables que cada vez abundan más. Ya ven: en el mundo tan tecnológico en el que nos encontramos, resulta que los cables aún no han sido sustituidos; es más, han ido aumentando en los últimos tiempos. Si los arquitectos que diseñaron edificios con ánimo de permanecer levantaran la cabeza, no comprenderían que por sus creaciones un amasijo de cables negros, amarrados y esparcidos por las fachadas como serpientes venenosas, vivieran a sus anchas. Ha quedado el Patrimonio atrapado por una extensa red de serpientes negras peligrosas e invasoras. Aunque si les digo la verdad, ya ni nos percatamos de su oscura presencia porque pensamos que siempre han estado ahí.































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