“Bajaba a la playa vestida; antes todos lo hacían. Y allí, con el té de la tarde que le servían desde el hotel cercano, leía; leía mucho. De vez en cuando levantaba la vista y con unos anteojos pequeños acercaba los suyos a los otros, al paisaje de la ciudad que renacía; y, en las tardes claras, a punto de entrar la noche, quedaba ensimismada por la presencia del Teide cercano, que siempre venía a saludar. No solía hablar con la gente, y no porque no las entendiera, sino porque ya hablaba con los personajes de la novela que en aquellos días la acompañaba. Sin embargo, tampoco era arisca. Todos decían que era una escritora famosa. Y entonces comprendí, en mis infantiles años, que para escribir hay que mirar mucho.”






























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