Palmeras
Nada como salir a caminar para contemplar el paisaje. Cuando vas en coche, sobre todo si eres tú quien conduce, tienes bastante dificultad para su observación con el detenimiento que requiere. Dicho de otro modo, que muchos detalles pasan desapercibidos. Sin embargo, mientras se camina, por el sosiego que provee es más fácil detectarlos. Ya no solo eres capaz de percibir esos pequeños detalles, cuando se trata de un vegetal incluso puedes captar sus aromas. Nada nos podría privar del perfumado encanto del jazmín. Solo accesible cuando pasamos junto a él.
Igual que percibimos lo bueno, también podemos hacer lo propio con lo que no lo es tanto. Nada impide, cuando pasas cercas de lo plantado, encontrar múltiples defectos. En muchos casos, provocados por la falta de respeto con la que se trata a la naturaleza. Resulta denunciable, que tras realizar plantaciones, algunas de ellas con gran despliegue de medios y de publicidad de las mismas, caigan en el olvido. Que, a lo largo de su desarrollo, no se les provea de sus básicas necesidades. Llámese, fundamentalmente, el imprescindible aporte de agua. La irresponsabilidad y lo irrespetuoso se dan la mano en estas ocasiones. Así podemos observar cómo mucho de lo plantado anteriormente, con el paso del tiempo y la desgana, va apareciendo marchito, falto de sustento, con múltiples hojas amarillas, signo evidente de la sequedad que padece.
Todo lo anterior queda patente cuando se observan los palmerales. Hubo épocas, con campañas orquestadas al efecto, donde la plantación de palmeras resultó ser algo cotidiano. De hecho, tal fue así, que se les colocó una placa con la denominación del mismo. Algunos de ellos, a modo de patrocinio quizá, respondían a conocidas marcas empresariales. Ni siquiera tal hecho, en apariencia beneficioso para el futuro del referido palmeral, contribuyó a su mantenimiento. Bien sencillo, pues aparte de las plagas que en su momento las asolaron – el tristemente conocido picudo rojo – la otra gran contrariedad a que se les sometió fue a la falta de riego. No se les aporta la cantidad de agua suficiente como para mantener su cultivo con la lozanía que es de desear. Que el verdor de las palmas sea su característica, no el amarillo reseco que les perjudica. Para ello, inequívocamente, el riego se muestra una solución definitiva a dicho problema. A pesar de haber provisto la zona de plantación de instalaciones de riego localizado, el agua no circula a través de las tuberías, aunque resulte paradójico.
Doble desfachatez, porque no solo se gasta un dinero en la plantación – público en la mayor parte de las ocasiones –, sino en el material de las instalaciones del riego localizado y su consiguiente colocación. Parece, una vez más, no importarles el dinero gastado. Inadecuada utilización de fondos públicos si a la inversión inicial no le sigue, de modo escrupuloso y durante la continuidad del cultivo, una atención para ver los frutos de aquella. Espero que en algún momento, por el bien de nuestras miradas y la eficacia de lo verde para luchar contra el cambio climático, comiencen a dar la importancia que tienen las palmeras; porque a la vista de lo observado, es escasa la proporcionada.



























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