“Allí viví mis mejores años. Aunque me di cuenta mucho después, cuando la vida se me escapó en un hilo de esperanza anunciado por el campanario de la iglesia. La calle, que un día fue enorme, albergaba todos mis juegos infantiles y a todos los amigos de entonces, de los que nada sé. Cuando me percaté de la existencia, mis hijos estaban a punto de independizarse y yo luchaba con las analíticas mensuales. Pero no me quejo. Creo que he hecho lo debido. Y todas las noches, al acostarme, y dejar caer la cabeza en la almohada, respiro tranquilo porque nada debo ni a nadie he engañado. Trabajo y honradez, me decían mis padres. Y así he hecho con mis hijos. Pero yo solo no he podido: mi mujer ha sido la verdadera artífice, el ancla que nos ha puesto los pies en el suelo. Aquí”































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