Cuando llegó la fanfarria con sus alegres sones de viento y percusión, ya no había nada que hacer. Los corruptos se refugiaron en sus yates y abrieron la vela mayor con el dinero de todos. Marcharon lejos. A los mares del sur, dicen unos. A Las Chacaritas, dicen otros. Nadie fue a despedirlos. Se agazaparon en la madrugada tranquila y huyeron en sus lujosas comodidades. Cuando llegó La Banda, solo estaban las víctimas del latrocinio: cientos de personas que representaban a toda la sociedad. Al menos esta vez, las autoridades no asistieron a la despedida. Y se abrió de nuevo la esperanza.





























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