Odiaba a la gente que silbaba por la calle.
No era por el supuesto ruido; era capaz de tolerar el estruendo de las infinitas obras que el ayuntamiento realizaba en la ciudad y se reía con (y de) los pobres conductores que necesitaban presumir de altavoces reproduciendo reguetón del malo. Sin embargo, detestaba con todo su ser a aquellos que entonaban cancioncillas mediante silbidos y le hacían partícipe involuntario de sus conciertos callejeros. Era exasperante la jovialidad que ese sencillo gesto podía imprimir a cualquier canción, fuera la que fuera: las composiciones más deprimentes se volvían optimistas y las voces rotas de dolor se transformaban en un alegre piar en los labios de un cualquiera.
Toda una falta de respeto.
Y luego estaba el por qué del asunto, no era capaz de entenderlo. En más de una ocasión había estado a punto de agarrar por el pescuezo a uno de estos caminantes cantarines y preguntarle por qué diablos lo hacían, por qué silbaban y silbaban y nunca se callaban. ¿Acaso eran tan felices?
Si se contenía era por miedo a que, como indicaban sus caras, le dijeran que sí... y que esa respuesta explicara el por qué de su incapacidad para entonar una mísera nota.




























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