En el Guiniguada (VIII)

Opinion

juanferreraCon los años adquirí otra costumbre, después de almorzar en el Bar Perico: acercarme hasta la orilla y contemplar el mar. Me relajaba el verme tan cerca de la aventura, donde la bahía, siempre la misma, cada día se mostraba diferente. Mi hijo Juanito me habló de los hermanos Millares y de los relatos donde el mar era como un personaje más. Me dijo que no estaba allí de adorno sino que significaba algo, pero todavía no sabía el qué. La verdad es que apenas lograba entenderlo. Cada vez que tenía la oportunidad, la contemplación de la bahía, el muelle, la ciudad, parecían transportarme por el túnel del tiempo, que era la serie que daban entonces en la televisión. Me calmaba verlo, a veces, azul, a veces bardino, como los perros. Y no es que yo me inventara ese adjetivo (tiempo después supe que era un adjetivo) sino que se lo había escuchado una tarde a don Adán del Vergel en sus visitas cada vez más frecuentes a Maestro Cipriano. Yo los escuchaba en silencio intentando descifrar el vocabulario de don Adán, que, en su inmensa cultura, no pisaba la tierra de mis disminuidas entendederas. Pero algo se me iba pegando. En ocasiones le preguntaba al jefe alguna cosa y él lograba traducírmela. Así que poco a poco logré atesorar (término que me explicó mi hijo Juanito días atrás) un ramillete de palabras que soltaba de San Juan a Corpus. Pero aquel mar bardino no auguraba silencios tranquilos. Por la tarde, y a eso de las siete, recaló por la zapatería el detective que había contratado mi jefe:

En el Guiniguada VIII---Salgo un momento ---me dijo con cara de pocos amigos. Estuvo cincuenta minutos por fuera y a las ocho menos diez, cosa inusual en él, cerró el negocio. Sentose en su taburete amplio y cómodo y no paró de hablar hasta las nueve menos cuarto. Yo, que sabía perfectamente, o casi, cuando no debía interrumpir, asentaba sus observaciones y solo salían de mi boca breves expresiones que indicaban que lo escuchaba con atención y respeto. Soltó a las ocho y media unos cuantos sollozos, casi enlagrimados, que con sonoro pañuelo guardó en él:

---Así que mi amigo Pedro no solo no lo mataron, como si fuera un ajuste de cuentas según la policía, ni tampoco fue víctima de santería de la cubana, sino que sufría una gran depresión (nerviosismo agudo, según palabras del detective) y aprovechó el momento para mandarse a mudar, pero quiso dejarle un recadito a la cubana, a la Dolores, significativo nombre, fíjate tú, para fastidiarla un poco: involucrarla en su muerte. Pero bien sabes que no fue así: quedó libre de toda culpa, recordarás. Bueno, si lo que me dijo el detective es cierto, no me queda más remedio que mascullarlo un rato. Es hora de cerrar esta página. Nos vamos. Mañana será otro día.


Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.