La sombra de la Jacaranda no es una sombra cualquiera: tiene más de noventa años. En los últimos tiempos, con la caída de su flor, anuncia las alfombras que vienen. Y, ahora, con la vieja casa albeada, su sombra no solo se hace más visible sino también entrañable. Blanco y sombra realzan el lugar que los inquietos vecinos, con sus manos y su tiempo, han revitalizado. Es lo que tiene el mirar por todos. Es lo que tiene la autenticidad: que sirve para recuperar no solo espacios, sino sensaciones y emociones. Y eso, en los tiempos que corren, es más que un gesto. Es una sincera declaración de intenciones. Ya dijimos al principio que la sombra de la Jacaranda no es una sombra cualquiera...





























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