
La armonía de las construcciones antiguas es tan evidente y clara que mantiene con el paso del tiempo la belleza en la que fue concebida. Por eso hay que conservarla y, en todo caso, enaltecerla y renovarle la vida.
Por ejemplo, el viejo ayuntamiento de Arucas: azulejos, barandilla, cuadros y nueva iluminación realzan todo el conjunto interior del edificio. Lo mismo sucede, quiero imaginar, con otras construcciones de nuestras ciudades y pueblos.
Ello viene a significar que nuestros antepasados, sabedores de su creación, deseaban trascender en sus respectivos oficios. O, al menos, queremos pensar que fue así. Si no no se entiende que las bellezas de sus composiciones sigan sonando hoy, en pleno siglo XXI, en perfecta sinfonía.





























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