Los viajes de ida y vuelta

Opinion

santiagogilFoto María Álamo QuintanaTodos eran autómatas y robóticos. Vivían dentro de la pantalla. No existía la empatía y nadie era capaz de ponerse en el lugar del otro. Cuando alguien dejaba de latir o dudaba en un movimiento lo tiraban al vacío y colocaban en su lugar a un ser clónico con la misma mirada y los mismos gestos. Los ojos no brillaban y las palabras habían ido desapareciendo poco a poco de la memoria. No tenían capacidad para imaginar. Sus conexiones cerebrales ya no se parecían a las de sus antepasados. No sentían ninguna emoción. Yo los miraba desde una cierta distancia. Había atravesado el espejo a través de la imaginación y había viajado a ese tiempo que sueñan los tecnócratas y los sátrapas. Luego empecé a escribir este texto que ahora lees. La otra realidad que contaba hace un momento es la que algún día acontecerá si apartamos la lectura de nuestros hábitos cotidianos. La lectura está emparentada con la libertad y con los sueños. Podemos ser otros y podemos ser libres todo el tiempo. El libro, como objeto, no es nada si no cuenta con la complicidad de los sentimientos de quien pasa las páginas como si estuviera viajando hacia sus adentros. Lo de fuera no existe mientras seguimos la senda de las palabras, y cualquier metáfora es más revolucionaria que esas consignas y esas frases vacías con las que tratan de convencernos los que se empeñan en que no sigamos leyendo. Uno no sabe lo que acontecerá mañana. No quiero ser apocalíptico ni pájaro de mal agüero. No puedo serlo porque la literatura me ha enseñado a encontrar milagros en todo lo que me rodea. Nunca le digo a nadie que lea. Los libros llegan, y cuando llegan uno se siente salvado, como si hubiera arribado a una orilla en donde las vidas se multiplican constantemente. A veces sonrío en silencio y otras lloro sin darme cuenta. He sido muchos personajes de novela. Y he acabado entendiendo que la única salida del ser humano está en las emociones y en el conocimiento. Me acerco un rato a las páginas que cuentan la vida de Alonso Quijano y regreso curado, o sabiendo que el hombre se parece en todos los tiempos. Lo escribió un ser derrotado y golpeado por la vida. Cervantes. Logró que su dolor se convirtiera en belleza. Para eso leo y por eso escribo. Si no lo hiciera me estaría muriendo sin darme cuenta.


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