En el Guiniguada (IV)

Opinion

juanferreraSiempre tuve la costumbre de no echar siesta. Almorzaba, a veces en la zapatería, a veces en el Bar Perico, las más. Y de allí salía a dar un paseo antes de comenzar la segunda parte del día. Adquirí el hábito de llegar hasta el Hospital San Martín y, desde el muro acicalado de blanco terroso, mirar las casas de San Nicolás. Veía el lugar apañadito y con encanto. De vez en cuando acompañaba mi ensimismamiento (palabra que me explicó mi hijo Juanito el otro día) de un virginio. Sabía que me haría daño y, sin embargo, no podía dejar de mezclar mis pensamientos con el humo proyectado sobre las casas del barrio, como si una débil neblina embrujara el lugar. Después, siempre alguien, algún conocido, me rescataba de mi abstracción (que también me explicó mi hijo con referencia a las matemáticas) para devolverme a la realidad de Maestro Cipriano, el mejor zapatero de esta parte de la capital, que andaba el hombre tristón desde que su amigo y socio apareciera como apareciera. Lo significativo de aquella tarde, la segunda parte del día, como les dije antes, es que volvió por el negocio don Adán del Vergel y Murphy, con su pachorra apoyada en el bastón y con una labia de las del Museo Canario, del que, por supuesto, era socio:

En el Guiniguada IV---Maestro Cipriano, y se lo digo con completo conocimiento de causa, mis hijas no logran encontrar pareja. Y yo creo que tan feas no son. Más lo soy yo y logré casarme; claro que mi Carmencita era una santa, y yo creo, en meditadas ocasiones, que se sacrificó por este palmatoria que ahora le habla.

---No diga eso, don Adán, aún son jóvenes y en cualquier momento lo vemos con sus nietos en la Plaza de Santa Ana.

---¡No sabe usted las ganas que tengo, Maestro Cipriano! Pero, bueno, a lo que vamos: que le venía a pedir disculpas por mi irrupción cuasi violenta en el negocio de usted para recriminarle lo de las chanclas. Le pido disculpas. No soy nadie para entrometerme en su trabajo y...

---Mire, don Adán, ya ni me acordaba de ese asunto. No le dé más importancia. Por cierto, véngase mañana un poquito antes y le invito a un cortado en el Bar Perico y así damos un paseo.

---De acuerdo. Pero ese cortado lo pago yo.

Y sin esperar respuesta salió de la zapatería rumiando palabras de edad avanzada y sensaciones golpeadas en el suelo de cantería. Miré para mi jefe y noté en su expresión una ligerísima sonrisa dentro del apagón generalizado en que se encontraba por lo de don Pedro Jacomar de los Santos.

(del inédito libro APENAS UN INSTANTE)


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