Mi querido hermano Ángel
Mi hermano Ángel tenía diecisiete años cuando le propusieron darle un giro radical a su vida. Llevaba tiempo trabajando en La Luna, un restaurante frente al aeropuerto de Gando, de ayudante de repostería, y ya era reconocida su creatividad elaborando pasteles, tartas, alfajores, quesadillas, hojaldres y otras delicias a las que siempre conseguía dar un toque de exotismo particular. Su originalidad iba in crescendo, y una mañana de invierno de 1965, mientras paseaba por la montaña de Marfú, en medio de las siempre presentes tabaibas, piteras, tuneras y veroles que salpicaban los campos de Ingenio, tuvo la idea de utilizar la leche de tabaiba como nuevo ingrediente para sus sabrosos dulces de queso y arándanos. Un experimento que lo catapultó no sólo profesionalmente sino también a nivel geográfico, ya que le ofrecieron el puesto de repostero de una afamada pastelería en Härnosand, al norte de Suecia, con un salario de lo más tentador, y él aceptó sin pensarlo dos veces. Sólo tendría que esperarse a cumplir los dieciocho, que sería en primavera.
-¡Ay, mi hijo, por Dios! Si todavía eres un chiquillo. Tú solo por esos mundos tan lejanos. ¡Y con tanto frío, mi niño! –le dijo mi madre, casi llorosa, intentando retenerlo, pero él, erre que erre, se empeñó, alegando que se trataba de una buena ocasión para reunir dinero y poder montar su propia pastelería. Decidido, empujado por un afán de aventuras, se embarcó hacia el país escandinavo antes de que llegara el verano.
Fue un salto vital que le llevó a conocer un país diametralmente opuesto al suyo. De una cultura forjada en el miedo institucionalizado por la dictadura franquista y los credos eclesiásticos, y marcada además por la pobreza que aún padecía la mayor parte de la población, pasó a otra en la que la libertad primaba por encima de todo. De la noche a la mañana se vio inmerso en una sociedad rica que llevaba casi veinte años viviendo en democracia, que gozaba de una serie de adelantos impensables en su tierra natal, y que lo acogió con los brazos abiertos. La ciudad en la que mi hermano residía, a unos seiscientos kilómetros de Estocolmo, contaba con poco más de cuatro mil habitantes y, transcurridos varios meses, prácticamente todos habían saboreado y encomiado los pasteles que él hacía. Y no tardó mucho en sentirse como uno más de los pobladores de Härnosand, el único con pelo negro y ojos castaños. Desde allí nos mandó la foto que le sacaron en el lago Bettern.
-¡Qué guapo está mi niño! ¡Y qué sitio tan bonito! –exclamó mi madre, que aparece con él en la segunda instantánea; la saqué yo, que contaba trece años entonces, con la cámara que me trajo cuando vino de vacaciones en Navidad. El mejor regalo que me habían hecho nunca.
-¿Te gusta el tuyo, mamá? –preguntó Ángel, y ella le respondió que se pondría aquel precioso vestido tan pronto como se quitara el luto. Después hizo la misma pregunta a los demás miembros de la familia, todos contentos con sus respectivos presentes.
-¡Qué guapo estás, Angelito! Pareces un figurín. Seguro que tienes a las suecas suspirando por ti –le dijo mi hermana, sonriendo con picardía. A ella le había traído una radio de mano, con asa y todo, que también funcionaba como pick up, adjuntando dos discos de la orquesta de Ray Connif.
Era una fiesta mi casa siempre que Ángel venía de vacaciones, cada seis meses durante los ocho años que duró su estancia en Suecia, y yo lo esperaba como agua de mayo. Era mi hermano admirado y solía presumir de él ante mis amigos: es el mejor pastelero de Suecia; habla sueco perfectamente; mi madre dice que parece un actor, que es más guapo que Paul Newman; mi hermana asegura que hay muchas chicas suecas enamoradas de él; esquía en la nieve y monta a caballo; ahora vive en Estocolmo, que es una ciudad formada por miles de islas..., y acababa diciendo, con orgullo, que ninguno de ellos tenía un hermano tan bueno y generoso como el mío, mi hermano sueco, que siempre me hacía regalos y que, además, me había prometido llevarme a Suecia. Muchas noches, en mi adolescencia, me dormí soñando con ese viaje. Varios años después el sueño se hizo realidad. Me lo concedió mi querido hermano Ángel.






























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