En el Guiniguada (III)
Maestro Cipriano tenía un dinerillo ahorrado, a pesar de mantener a una familia numerosa, incluida una hermana soltera que vivía con ellos y que hacía las veces de “sirvienta mayor del reino”, y lo empleó al hacerse socio con don Pedro Jacomar, amigo de los tiempos del cuartel, en el Almacén de Vegueta; aunque éste se ubicara en el principio del barrio de San José, a escasos cincuenta metros del Bar Perico, del que ya les he hablado. Maestro Cipriano era espartano (esta palabra me la acaba de explicar mi hijo Juanito pues tiene un examen de Historia pronto) en sus costumbres y con su dinero. No solo administraba los bienes metálicos, sino que los empresariales proyectos los tenía claros; y en más de una ocasión me hablaba de este negocio o ese otro, en estos tiempos nuevos, y el hombre, dicho sea de paso, no andaba mal encaminado. Yo, la verdad, he sido siempre tan alelado
que ni siquiera era capaz de pedirle un aumento de sueldo, más que nada para acabar de construir mi casa en Los Tarahales, y lo cierto es que ya llevaba gastados unos cuantos sancochos. Pues bien, a lo que vamos. Al entrar mi jefe de socio con don Pedro Jacomar, hombre recto, católico y de buenas maneras, aquello se fue convirtiendo poco a poco en un infierno. Cuando Maestro Cipriano venía del Almacén, siempre llegaba contrariado, con mal cuerpo. Yo ya sabía que acababa de discutir con su socio, al que todavía no lograba cogerle el tranquillo. El único defecto de Pedro, me dijo un día de abril nuboso, son las mujeres; y ahora anda preñado con una tal Dolores Mengíbar, la cubana, con fama de entretenedora de hombres. Y eso que Pedro es católico hasta la médula, pero las mujeres lo desbordan. Para mí que siempre está el hombre encañonado, incluso en esta de edad de bajona en muchas cosas. Y lo que me trae mal cuerpo no es él, que también, sino que el negocio ya no lo veo yo con el empuje de antes. No se preocupe, Maestro Cipriano, me atreví a decirle, usted vigílelo bien a él y a su inversión; no se despegue de ninguno de los dos, como los de la Unión Deportiva, que así hemos logrado un segundo lugar impensable al principio del campeonato. Pero para mí que aquello no tenía buena pinta. Nunca más sacó el tema Maestro Cipriano; nunca más se pronunció allí, en la zapatería, el nombre de don Pedro Jacomar, hasta que su cuerpo apareció unos años después totalmente magullado en la parte alta del barranco Guiniguada, con los cataplines chamuscados y el conjunto todo atado con un lazo rojo, como el que colocan a las machorras en las ferias de ganado.
(del inédito libro APENAS IN INSTANTE)






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.138